Hoy Día de la Matanza, te contamos algunos detalles que seguro tenías olvidados

¡Vaya vaya con las matanzas!
Desde que se empezaba uno a preparar el hasta que se destravesaba y se fregaba el último cacharro «cojones tien». Con razón andaba el dicho misa y marrano, una vez al año


Amasar, ir a por vino, pimentón, sal gorda… bueno bueno, menudo trásfago.
Las «estillas» eran malas de sacar y había que tener un buen arrimadero d’ellas. Las pinas (cuñas) no siempre eran muy aparentes, y andar de prestao no era cosa; podían «desbarbarse» y al devolverlas le daba a uno hasta vergüenza.

«No hay mejor cuña que la de la misma madera»
En primer plano una pina (cuña) de madera.

Los días eran cortos y las bombillas de 25 tolomas, aunque siempre había alguno alguito alumbrao, y es que el vino de Fermoselle era muy milagroso… ya no te digo el aguardiente.

En matanza, no se comía mal

Se comía y se bebía bien. Las patatas con bacalao o con huesos de la cabeza, las alubias blancas, las sartenadas de hígado, el pan reciente… ya no te hablo de la «cazuela de los revolcones» con el pistorejo, el morro, la barbada, alguna rodaja de chorizo gordo, y el día los chichos el «palomo» (cuadraditos de tocino del cerdo matao el día anterior).
Cuando se partía la cabeza para echarle los huesos, a aquellas patatas bien empimentonadas, se ponía especial cuidado dé no deshacer los sesos. Después se le llevaban a algún pariente que ya fuera algo viejito, incluso sin ser pariente. Poco a poco sería a ti a quien se los llevasen, aunque en ese momento te pareciera mentira. A alguna otra parentela, que no hubiera ido a la matanza, incluso algún vecino o amistad se le llevaba la prueba, que consistía en algo de hígado, una morcilla, un pitarrin de longaniza, algo de tocino y unos puñaos de chichos. Pero eso eran «rejas vueltas» porque cuando ellos hicieran «la su matanza» también te traían la prueba a ti.
Los rapaces, y no tan rapaces, hacían lumbre en la calle. Asaban alguna «febra del echadero» (hoy puede ser el denominado secreto o la pluma) y quemaban algún «gabillon de zarzas robao» con alguna reñisqueta que otra:

¡Me cagüen crista los rapaces! Poneis las zarzas más lejos que los cables de la luz, que vamos a tener un disgusto. Y a los grandes, no sé si algún día os entrará el sentido, al paso que vamos, me paece a mi que no

Las chichas, el día después de la matanza

morcón o buticón  del cerdo. Entrecocido previamente y lleno de huesos bien adobados. Era típico en las antiguas matanzas de Sayago
El morcón o buticón era el estómago del cerdo previamente entrecocido lleno de huesos bien adobados.

Y un dicho muy de invierno, para rematar

Bien se yo que esta foto no es de la matanza ni «tien nada que ver con ella» pero así os digo un refrán que pocas veces habréis oído: «Dios me dé un yerno que les ponga los dientes a los viendos en el invierno»
… y es que el amigo quería un yerno hacendoso.😃😃

El día después de la matanza se llamaba»el día los chichos». Se deshacía la manteca, se hacían los chichos (chicharrones o coscarones) y se embudaban las longanizas, (las de carnes buenas y las de charafalloslos) así como los chorizos gordos.
Hasta los años cuarenta apenas había máquinas para hacer los chorizos. Las primeras que se vieron por los pueblos vinieron «de la Argentina» y no picaban, solo embudaban. Se picaba con las tijeras de motilar y los cuchillos, se ataba con «juncia» y se espitaba con «espitas de espinero» también llamadas «subinas» que las mejoricas se guardaban de un año pa otro.
Con los huesos del espinazo y algunos otros, bien adobaos se hacía el «morcón o buticón». Era el estómago del cerdo previamente entrecocido. Para hacer el morcón había que tener tiempo, maña y paciencia… vamos como para todo en este mundo de Dios.
Aunque se ha quedao mucho relato en el tintero intentó entretenerte Jose Vicente el de Villamor, para servir a Dios y a uste, y el que tenga una peseta que me la dé.

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