El homenaje de Guti a Domingo Carvajal, el último arriero de Sayago

Con permiso de José Luis Gutiérrez, publicamos su texto de homenaje a Don Domingo. Descanse en Paz, un abrazo para la familia

Ayer, en la parte del cielo que toca con Sayago recibieron a Carvajal, ayer en la parte del cielo que linda con lo nuestro se armó gran revuelo porque entró al volante del viejo camión en algarabía el señor Domingo: «¡Señoras, señores, ángelas y ángeles, santos y santas, deidades que llegó Carvajal! Hoy trae ofertas, retales, precios muy baratos, unas vienen y otras no.!!!»

Dibujo de Domingo Carvajal realizado por Leticia Ruifernández para el libro «Cuaderno de últimas voces» editado por Papel Continuo

Ayer aquí abajo quedamos tristes y callados porque se fue Domingo Carvajal, el último de los arrieros, el hombre inteligente, el trabajador incansable, el de las mil aventuras, uno de los mejores contadores de historias que he conocido, el vecino, el padre y el abuelo, para mí, un maestro, un amigo.

Nació en Fresno de la Carballeda marcado con la señal de la necesidad de la familia larga y el trabajo desde niño, como buen carballés vino al mundo también con la raza del trato, del comercio, la capacidad para el negocio le debió venir de serie, y la habilidad se la sacó del alma, sin duda en la misma necesidad de ser, a los catorce años un niño arriero.

Con él aprendí esa finura del comerciante de antes que basa el negocio no en la ganancia sino en la confianza, en el poder entrar en cada casa durante generaciones, el respeto por los tiempos y por la capacidad de cada bolsillo, el que cuando no hay cuartos para pagar una manta bien valen un saco de patatas, o unas pieles de borrego, el que si no hay y se necesita es mejor no ganar o perder un poco que perder un cliente, el respeto sagrado por los vecinos y en estos tiempos de plazas vacías entender el mismo comercio como un servicio y no un negocio, manteniendo hasta que pudo la visita mensual a cada pueblo aunque no vendiera ni un par de calcetines, sólo por que si alguien necesitaba lo que fuera ahí estaba, el señor Domingo.

Contaba las hazañas del vendedor ambulante como si contara los viajes de Gulliver, daba señal precisa de los casos con una precisión y un detalle enciclopédicos, vienen en mi mochila ya, para siempre la invención de las rebajas, las aventuras del mulo y los tratos «de puertas para dentro» para que el comprar y el vender queden libres de envidias y murmuraciones.

Su comercio en Bermillo debiera ser sin duda un templo de la memoria, un elemento protegido donde el género, acumulado durante décadas sirva para explicar un mundo que se acaba y una tierra que tras la marcha de Domigo queda aún más abandonado y silencioso.

Me queda también aquella tarde en que le llevé el «Cuaderno de últimas voces», lo orgulloso que estaba viendo allí su vida, sentado en la camilla, sonriendo y asintiendo, «es como era, pero me quedó mucho por contaros» y la tarde en que en la plaza de Bermillo se dejó retratar por Leticia, orgulloso y feliz, aquella tarde compró una montonera de libros «ya compré más, pero hay que compraros otra tanda, que para eso habéis venido».

Hoy las plazas de Sayago están aún más silenciosas y tristes, hoy los que te conocimos hemos perdido un referente y un amigo, Bermillo un vecino ejemplar, Alejandro un abuelo de los que todos hemos soñado. Para Maria Jesus Carvajal mi abrazo más emocionado, qué suerte tuviste, amiga de haberlo podido disfrutar toda la vida.

Que la tierra le sea leve al último de nuestros Arrieros.

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