«Ser de pueblo», una colaboración de Óscar Figueruelo

 Hasta hace unas décadas, la diferencia entre el pueblo y la ciudad era abismal, en favor de esta última, más que me pese. Casi ninguno quería quedarse en ellos, y muchos hasta renegaban de sus orígenes. No es cuestión de culpar individualmente a nadie, pero de manera colectiva sí, pues a lo largo de la historia al PODER nunca le ha interesado poner al mundo rural a la altura de las urbes. Las razones, evidentes, como lo siguen siendo hoy en día: a quien me tiene que llenar la despensa de comida no le puedo encomendar la llave de la puerta. Ni más ni menos. 

   Pero los tiempos evolucionaron, la educación, la cultura y los medios de comunicación llegaron a todos los rincones, el transporte acortó las distancias, y la gruesa línea progresivamente adelgazó hasta desaparecer. Ya no hay diferencias entre los unos y los otros, afortunadamente. Nadie mira por encima del hombro a nadie, ni nadie se cree más que nadie. Ni menos. Nadie se avergüenza de ser de pueblo. Nadie presume de ser de ciudad. E incluso estamos entrando en una etapa en la que ser de pueblo es un privilegio, y quien no lo tiene, se inventa uno, pues la cuestión es sentir el contacto de la naturaleza y disfrutar de los privilegios de la vida sencilla y tranquila. Además, ante la galopante y grave despoblación, todo el mundo es bienvenido. 

   Ahora bien, ser de pueblo es mucho más, al igual que ser de ciudad, y no es fácil llegar a serlo. No basta con ir en el mes de agosto, los Santos o Semana Santa. No diré que hay que nacer, pues sería exagerar, pero sí que hay que empaparse de su idiosincrasia, tatuársela en la piel, al lado del corazón. También los hay nacidos que nunca han sido de pueblo. Maticemos con honestidad.  

Foto de @lfpalomino en Instagram

   Ser rural supone sentir sensibilidad hacia el sector primario, valorar, respetar y agradecer su esfuerzo y sacrificio, empatizar con ellos y comprender que su trabajo mantiene vivo al campo. Y si no lo vemos así, miremos a nuestro alrededor para comprobar cómo desaparecen los pueblos al mismo ritmo que desaparecen agricultores y ganaderos, y cómo la biodiversidad mengua de igual forma. Al igual que reconocer que son el sector más vital, pues todos comemos al menos tres veces al día.

Pared de piedra en Roelos / Foto de Jorge del Barrio

   Ser de pueblo conlleva que cuando paseas por el campo sepas de quién son las fincas, incluso quién las tiene arrendadas, qué hay sembrado en ellas o si están de restrojo. También, diferenciar lo comunal de lo privado; caminar por entre el monte y sentirte arropado y protegido por sus árboles, y sufrir viendo su abandono.

Agustín tocando las campanas en Argañín / Foto de Beatriz González

   Ser de pueblo comporta que, cuando oyes tañer las campanas a muerto, sabes si es hombre o mujer, y hasta podrías adelantar su nombre entre dos o tres candidatos, pues estás al corriente de quién está enfermo o muy cascado ya, y su vida pende de un hilo. Acto seguido, piensas en la chimenea por la que ya nunca volverá a salir humo, y otra casa que se cierra para siempre. Y te apena.   

   Ser de pueblo implica pasear por entre las tumbas del cementerio y reconocer casi todos los nombres escritos en panteones y cruces, ponerles cara a las personas y sentir algo por ellas: negativo, positivo o mera indiferencia. Y sorprenderte con los años que hace ya que murió el vecino, la prima, el amigo, la madrina, el abuelo…  

   Ser de pueblo entraña saludar a quien te cruzas por la calle, lo conozcas o no. Yo aquí debo confesar que se me ha pegado algo de la ciudad: a quien no conozco, no saludo. Debilidades del ser humano, o la fuerza de la costumbre.   

   Ser de pueblo significa…     

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