En Luelmo, como en tantos pueblos de la España rural, hay edificios que parecen callados, pero que guardan más historias que muchos libros.
Este es el caso de un local que hoy cumple una función humilde, pero que durante décadas fue uno de los principales centros de vida social del pueblo.
Hoy convertido en trastero, fue durante años un auténtico corazón de la vida de Luelmo.

Nines nos cuenta la historia del bar de su familia, el Bar Blanco de Luelmo
Antes de 1970, cuando yo era pequeña, eran mis abuelos maternos quienes lo regentaban. En un mismo espacio convivían el bar, la tienda y el salón de baile. Hoy puede parecer impensable, pero entonces era sinónimo de vida. Luelmo contaba además con otros bares, tabernas y tiendas abiertas, reflejo de un pueblo activo, lleno de gente y de movimiento cotidiano.
Más tarde, fueron mis padres quienes tomaron el relevo. Tras construir un nuevo bar, siguieron ocupándose del local, manteniendo intacto su papel como punto de encuentro. Allí se compartían conversaciones, se jugaban partidas de cartas y se vivían momentos sencillos que hoy forman parte de la memoria colectiva del pueblo.

Con la jubilación de mi padre, fue mi hermano quien continuó al frente del bar. Años después, levantó uno nuevo a poca distancia del antiguo, adaptado a otros tiempos y a nuevas necesidades. El viejo local quedó atrás, pero no perdió su significado.

bar blanco, la única televisión del pueblo
Hoy sigue siendo de nuestra propiedad, aunque su uso ya es muy distinto. Ahora solo los trastos viejos acaban en él: muebles arrinconados, objetos sin sitio, recuerdos materiales de lo que fue. Sin embargo, sus paredes han sido testigo de mucho más.

Allí se reunía la gente para ver Estudio Uno, las corridas de toros y cualquier retransmisión que mereciera la pena, porque era la única televisión que había en el pueblo, junto con la de la abuela de Concha Velasco. Allí se jugaban interminables partidas de cartas, se celebraban los bailes de la juventud y nacían amores que a veces duraban toda la vida… y otras no tanto.
Ese local, hoy silencioso y lleno de trastos, fue durante años un espacio de encuentro, ilusión y convivencia. Un lugar donde el tiempo se medía en conversaciones, en cartas sobre la mesa y en canciones bailadas hasta la madrugada.
Puede que ya no suene la música ni se oigan las voces animadas, pero sigue siendo un lugar cargado de historia. Porque hay edificios que, aunque cambien de función, nunca dejan de ser lo que fueron: el reflejo de un pueblo y de la gente que lo hizo vivir.
