El invierno en el pueblo no se medía en meses, sino en la altura de la leñera apilada contra el muro norte de las casas. Cuando el aire de arriba empezaba a silbar con constancia entre las rendijas de las ventanas, a través de los buracos del sobrao y por debajo de las tejas, la vida se contraía, se replegaba y buscaba el único latido que importaba: la lumbre.
Será por aquello de que vi a mi padre muchas veces venir con las carguitas de leña en las alforjas sobre el lomo de las mulas, o al vecino, sobre el de su burra cana, que yo hago lo mismo en el maletero de mi coche. Cuando salgo a pasear por el monte no puedo por menos de recoger leña que me encuentro. Siempre llevo una cuerda, y si no, con la que encuentro tirada por allí preparo un haz de leña en un periquete. Me gusta venir a casa siempre con algo entre las uñas. Manías, lo sé, ni esos haces limpian el monte ni yo me ahorro un remolque de leña.

La cocina: santuario de la casa sayaguesa
Lo comprobé primero en casa de mis abuelos y luego en la de mis padres, la cocina no era una estancia: era un santuario. El rito comenzaba antes de que el sol se mostrara completo por naciente.
Mi abuela, con las manos curtidas por el día al día, traía los pesados troncos de encina que guardaban en su interior el calor del verano pasado, las ramas, la hojarasca y la paja.
Lo colocaba todo con la precisión de un arquitecto sobre las cenizas aún tibias de la noche anterior, y unas veces con el fuelle y otras con una cerilla, se obraba el milagro. El chasquido inicial rompía el silencio sepulcral de la casa. Primero una chispa, luego un humo azulado y acre, y finalmente, la lengua naranja que lamía la madera hasta que el hogar cobraba vida.
Afuera, el mundo desaparecía. El frío de la penillanura sayaguesa era una bestia invisible que congelaba las cañerías y silenciaba a los pájaros, pero dentro, el resplandor de las brasas creaba un universo de sombras danzantes. La lumbre tiene voz propia, como un murmullo constante que parecía contar historias de los que ya no estaban.
Los mayores, una vez cumplidas las obligaciones, podían pasar horas mirando cómo el corazón de un tronco de encina se transformaba en una joya incandescente. «El fuego no solo calienta el cuerpo, desata la lengua», solía decir mi abuelo. Y era verdad. Al calor de las llamas las historias fluían con una cadencia distinta. Surgían relatos de lobos, de crecidas de riveras, de nevadas, de cencelladas que tronchaban ramas… De mil y una afrentas. El fuego de la lumbre era el hilo indivisible que unía generaciones, convirtiendo la cocina en un refugio contra el olvido.
La cocina a la lumbre, patrimonio gastronómico de Sayago
La lumbre también era sabor. Sobre las trébedes, el puchero borboteaba con una lentitud que hoy parece imposible. El aroma del cocido, de las berzas, de las patatas con el espinazo adobado, de las sopas de ajo… Un aroma mezclado con el olor a humo que se pegaba a las paredes, a nuestra ropa, y que era el perfume de la supervivencia y el hogar. Aquel caldero perenne colgado de la llares con el agua caliente tan necesaria siempre, hasta para calentar las naranjas antes de comerlas.

de la lumbre, a las brasas
Cuando la noche se hacía profunda y el frío apretaba con intensidad más allá de la ripia y las tejas, la lumbre bajaba de tono. Las llamas se extinguían dejando paso a las brasas, a un manto de cisco encendido que aguantaba hasta el alba. Mi abuela, con un último gesto ritual, cubría el rescoldo con ceniza para aguantar el fuego. Era la manera de no encontrar el chupón de la lumbre gélido a la mañana y de ahorrar una cerilla.

A la cama debía irse uno con el calor de la lumbre metido en los huesos, sabiendo que, aunque el invierno fuera largo y los pinganillos colgaran de las canales, en el centro de la casa seguía latiendo ese pequeño sol doméstico que nos recordaba que estábamos vivos a todos aquellos que llenábamos las casas, las cocinas y compartíamos el calor de la lumbre. Hoy todo esto ha cambiado. Las casas están vacías y la lumbre es en el crudo invierno la única compañía verdadera y sincera.
