Estos son los relatos participantes en el concurso “A la Luna de Sayago”

A mediados de Marzo, anunciamos la celebración del II Concurso de Relatos “A la luna de Sayago”. Pues bien, ya tenemos una selección de obras…

Debido a las circunstancias que todos ya sabemos, la participación ha sido muy baja. Por esta razón, publicamos los relatos enviados y daremos un detalle a cada participante. Este año, no daremos la lata a los habituales patrocinadores, sólo le pedimos que estén ahí el año que viene…

Asociación Sayago Vuela

Categoría infantil, La Bruja de Sayago, autora: Sofía

Transcripción:

La bruja era súper buena, le cantaba a la luna de Sayago y le cantaba a la luna llena. Nadie le conocía porque cuando ella cantaba todos estaban dormidos y así era ella. Una vez se perdió un animal de la granja de Margarita. Margarita era una niña a la que le gustaban mucho las estrellas. Estaba muy triste y una noche un ruido la despertó. Cuando salió a la calle vio a la bruja con su animal, que era un cordero negro llamado Lucero. La bruja le sonrió y le dijo guardame el secreto.

Categoría infantil, autora: Nerea

Categoría infantil: Título: El barquero y la hija del extraño. Autora: La de la Tienda

A mi abuelo

En estos días, en los que nos encontramos luchando contra un bicho invisible pero letal para los más vulnerables me hace acordarme más que nunca de ellos, de sus anécdotas, vivencias, chistes e historietas, y como me dice uno de esos sabios, a punto de cumplir un siglo, “si pudimos con una guerra que metía mucho ruido no vamos a poder con esto que ni se ve”.
Él en cada reunión, o “juntoría” como le gusta llamarlas a él siempre tiene algo nuevo que contarnos y enseñarnos de su experiencia, y en estos días en los que esas “juntorías” no tiene lugar es cuando más me acuerdo de ellas y quiero compartir con ustedes una de las tantas historias que nos ha contado:
Hace muchos años, cuando el río Duero además de ser la línea divisoria entre Portugal y España, también lo era de las comarcas de Aliste y Sayago, cuando no existía ese monumental puente que ahora nos sirve de enlace, existía una pequeña barca que hacía las veces de enlace.

Esa barca no se conducía sola, allí estaba para manejarla Eusebio, más conocido como el barquero. Este pobre era el pequeño de una familia numerosa que vio como todos sus hermanos emigraban a hacer las américas y él se quedó en el pequeño pueblo de Pino del Oro donde aprendió el oficio de barquero de su antecesor.
El acompañaba todos los días a su padre hasta la orilla del río, el veía que a su padre cada vez le costaba más bajar por aquellos andurriales y muchos días ya cogía él la delantera para no llegar tarde a la cita con los diferentes vecinos de las comarcas mientras llegaba su padre él iba desempañando la labor de barquero. Hasta que finalmente fue Eusebio el que se ocupó de dicha labor.
Un día, mientras él estaba viendo la espectacular puesta de sol, en aquel sillón natural que fue labrando a lo largo de los años, en que si os acercáis aún se pueden ver talladas en la piedra sus iniciales, se le acercó un extraño el que le hizo una propuesta indecorosa, pero que hizo que Eusebio la aceptará, bien por inexperiencia o por avaricia.
María, la madre de Eusebio, a la que no hemos nombrado aún, pero de gran importancia en el hogar, por ser, como eran y son las mujeres el eje sobre el que las familias giran, empezó a notar al joven raro, Eusebio algunas noches dejó de subir a dormir a casa, lo que María achaco a que era algún lio de amoríos, ya que estaba en edad casadera.
La misión indecorosa que le había propuesto aquel extraño era ayudarles a pasar por la noche en la barca, a él y a sus amigos, la mercancía del contrabando que traían por el día de Portugal, café, jabón, especies… Y que necesitaban pasar desde Villadepera a Pino del Oro para su posterior distribución por la comarca de Aliste y Alba.
Este trabajo extra proporcionaba a Eusebio unos cuartos demás para poder ir a la cantina y beberse unos jarros de aquel vino entre aguado y picado.
Las noches que Eusebio dejo de subir a dormir se fueron haciendo cada vez más frecuentes, y ahora, desde su sillón, también veía salir al Luna, unas veces tan imponente y otras veces casi inapreciable.
Con la llegada de la primavera fue cada vez más frecuente que al extraño le acompañara una muchachita, era una joven vergonzosa y asustadiza, de nombre Juliana que a Eusebio le causo curiosidad
Finalmente, Juliana acompañaba todos los días al extraño, su padre, y cada vez era más común que esta se sentara a ver la luna con Eusebio en su sillón. Lo que empezó como una admiración, pasó a ser una amistad la que acabó en nupcias en una iglesia de un pueblecito de Sayago del que era Juliana y el extraño.
Juliana acompañaba todos los días a Eusebio a desempeñar la labor de barquero y a soñar con lo que sería su futuro, los hijos que engendrarían, cuál de todos decidiría continuar con el trabajo de su antecesor.
Pero, a finales de la primera década del siglo pasado llegaron unos estudiados que decían que iban a construir un gran viaducto que uniera ambas comarcas. Juliana y Eusebio no daban crédito a lo que se decía en los corrillos del pueblo, cómo iba a suceder aquello, cómo iban a hacer un paso encima de aquellos pizarrones sin que se cayese.
En 1914, tuvo lugar la inauguración se ese majestuoso puente que une ambas comarcas, y que al igual que las vidas de esa sayaguesita y ese alistano han quedado unidas para siempre. Haciendo que surjan amores, amistades, enemistades y relaciones irrompibles e imposibles, de las que algunos somos protagonista, otros son el fruto de ello, y otros muchos lo serán.
Ahora de aquel barquero y la hija del extraño solo nos queda ese sillón de piedra labrado con sus iniciales, en el que tantos planes de futuro hicieron mientras veían la luna.
A nosotros solo nos queda ir allí a recordarlos, y contemplar el majestuoso paisaje que son nuestros Arribes, los que tanto echamos de menos en estos momentos.
FIN

Categoría ?, título: Selene pidió tregua. Autora: Selva Menchú

Necesitaba un respiro.

Se encontraba agotada de tanto trasnochar. Demasiada gente estaba pendiente de ella: los agricultores se fiaban de sus fases para sembrar, los marineros la miraban para controlar la influencia de las mareas sobre los peces y los licántropos renacían cuando alcanzaba su mayor esplendor. Buscó un lugar para poder desconectar y encontró la comarca de Sayago. Le pareció un lugar mágico, su paisaje, sus fiestas y, sobretodo, sus gentes. Tras unas semanas allí, de merecido reposo, decidió volver al cielo.

Los enamorados, expertos en contemplar el firmamento, aseguran que después de que la luna desapareciese un tiempo, resurgió más portentosa que nunca.

SELVA MENCHÚ

Categoría: Adultos, Título: “El arroyo de luna”: Cuento para sentir Sayago

  • Por Bárate me contaron, una curiosa historia, de la noche en que la luna desapareció en Sayago. – decía dulcemente mamá mientras Catalina se acomodaba entre las sábanas de cuadros, abrazando a su osito, amoroso y sonriente.
  • y continuó diciendo:
  • Fue una vaquita, Morena, la primera en darse cuenta, que la oscuridad reinaba demasiado en la pradera…

 – Y, ¿Qué hizo?, ¿se asustó? – interrumpió la niña.

  • Se lo dijo a su novio el toro, Negracho, que la podía ayudar- respondió mamá:
  • Querido, ¿te has fijado que la luna no está en el cielo esta noche?
  • No me había fijado, amor- le contestó él poniendo atención- Vamos a decírselo al zorro.
  • Y fueron hasta la madriguera de Dorado, el zorro- saltó impaciente Catalina.
  • Oye, Dorado, ¿te has fijado que la luna hoy no está en el firmamento? – le preguntaron Morena y Negracho. – continuó mamá.
  • No, pero, si se lo decimos al búho, Sabio, a lo mejor él sabe porque hoy está faltando la luna en el cielo- Y caminando fueron hasta el árbol en el que vivía el búho: Sabio. – completó la pequeña.
  • Sabio, ¿sabes por qué hoy falta la luna en el cielo? –
  • Ummm, sí, sí sé porque no está hoy la luna en el cielo. Se ha ido a bañar al arroyo romano- siguió narrando mamá.
  • Y toda la pandilla, Morena, Negracho, Dorado y Sabio, se fueron al arroyo a buscar a la luna y a decirle que tendría que volver al cielo.- exclamó Catalina, memorizando los nombres de los personajes.
  • Y – continuó mamá- emprendieron la marcha. Pasaron por varias dehesas con encinas, saltaron cortinas de fincones y canchales, atravesaron el monte, alucinaron con las grandes piedras caballeras que se encontraban por el camino, que parecían a punto de despeñarse sobre sus cabezas… Y, al llegar a las ruinas de una antigua cantera, oyeron unos gruñidos y se asustaron mucho.

Entonces Catalina dió un respingo y espetó:

  • De repente, de los matorrales salió un apestoso troll del barro con cara de pocos amigos. Y resulta que tenía hambre. Y sus platos favoritos eran el búho a la plancha y el pastel de zorro.
  • ¿Qué hacéis aquí? Iros de mis tierras, aquí no hay nada que ver, y tengo muuucha hambre. – Gruñó el troll.

Mamá añadió:

  • Puuu   eees   eeees ta ta mos bu bus cando la la luna- tartamudeó la vaca.

La niña respondió:

  • Pues yo no la he visto, ¿seguro que es por aquí?-

Y a mamá se le ocurrió insistir:

  • Siiii, porque, por aquí se va al arroyo romano, ¿no? – susurró el zorro.

Pero los ojos de Catalina brillaron y continuó:

  • Al momento se dieron cuenta de que a su alrededor iban saliendo más trolls, un troll de aceite por el norte, dos de granito por el este, tres de musgo por el oeste, cuatro de mica por el sur, hasta rodearlas. No tenían escapatoria, estaban acorraladas.
  • Habéis entrado en nuestro territorio, os vamos a comer- dijeron los trolls carcajeándose de gusto.

Mamá acarició a Catalina y sonriendo para calmarla, siguió narrando:

  • Entonces, ¿Sabes que hicieron?

El búho Sabio como podía volar, echó una cagarruta encima de la cabeza de cada uno de los trolls para aturdirlos. Y luego la vaca, Morena y el toro, Negracho, como eran tan fuertes, fueron a por los de musgo y se los comieron enteritos. El zorro, Dorado, empezó a escarbar y escarbar y se hizo dos cuevas con los de granito y las decoró con los de mica. Negracho se revolcó en el de barro y Sabio dio brillo a sus alas y a su pico con el de aceite.

  • Ya, mamá, dijo la pequeña- Pero luego vino el jefe de los trolls y ese era un troll de fuego de chimenea. Empezó a lanzar llamas y brasas y el toro, la vaca, el zorro y el búho corrieron todo lo que pudieron en dirección al arroyo mientras el troll los perseguía muy de cerca.
  • Claro- añadió mamá- Y al llegar al arroyo se encontraron a la luna vestida de… ¿de qué podía ir disfrazada?

Catalina dijo:

-¡De dinosaurio!

-No, mujer, de un ser mágico, no prehistórico! – contestó mamá.

-Pues de unicornio-

  • Vale, encontraron a la luna vestida de unicornio. Con sabor a mora y olor a… ¿a qué huele Sayago?… ¡tomillo! Con sabor a mora y olor a tomillo. Su brillo era inconfundible, chapoteaba a la orilla y estaba rodeada de un montón de estrellas con forma de luciérnaga.
  • Luna – le dijeron- a prisa, ayúdanos, nos persigue un troll de fuego.
  • Claro, os ayudaré- afirmó ella.

Y de inmediato, con su luz, atrajo al troll de fuego hasta el arroyo y allí lo hizo caer. Se apagó fundiéndose con el agua y quedó convertido en efímeras burbujas. Y desde ese día  no hay trolls por la comarca.

  • Entonces le dijeron a la luna que por favor volviese al cielo. – Apuntó Catalina, preocupada.
  • Claro, casi se me olvida- la tranquilizó mamá- Y ella les prometió que volvería, a condición de que no revelaran su secreto de que la habían visto bañándose en el arroyo, pues ella hacía eso una semana al mes para descansar.

Para celebrar su aventura, se bañaron juntas hasta el amanecer, bailando al son del croar de las ranas y del canto del monte. Disfrutando de las sensaciones, texturas, olores, sabores y vistas de aquel precioso paraje y de su encantadora luna, unicornio de plata.

Por eso cuando la luna no se ve, en el cielo nocturno despejado, dicen las gentes del lugar que es porque se ha ido a bañar en el arroyo romano y a quedarse como “nueva”. – y Catalina se quedó plácidamente dormida y mamá la acompañó, observando la luna desde la ventana.

Y este cuento lo acabé para que lo cuente usted.

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