Hay una frase que estos días se repite mucho: «Esto se veía venir.» Quizá esa sea la que más debería hacernos pensar

Durante una semana hemos visto a cientos de profesionales jugarse la vida para salvar nuestros pueblos. Hemos visto solidaridad, vecinos ayudando a vecinos, voluntarios, tractores, ganaderos, cocineros, Guardia Civil, bomberos llegados desde otros puntos de España… Lo mejor de nosotros ha aparecido cuando más falta hacía.
Pero sería un error pensar que la lucha contra los incendios empieza cuando despega el primer helicóptero.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando se limpian los montes. Cuando se mantienen los cortafuegos. Cuando se revisa que un hidrante tenga agua y presión suficientes. Cuando un camino no está tapado con zarzas o directamente es inaccesible
La prevención no llena portadas. No da votos con la misma facilidad que inaugurar una obra. Es un gasto que solo se valora cuando un incendio no entra en un pueblo.
Y quizá ahí esté el mayor problema.
Durante años hemos asumido que vivir rodeados de monte forma parte del paisaje. Nos hemos acostumbrado a ver caminos cerrados, fincas abandonadas y maleza acumulándose verano tras verano.
Hasta que un día el fuego nos recuerda que todo eso tiene consecuencias.
Ahora se habla de responsabilidades y de inversiones pendientes. Es lógico. La indignación existe y tiene motivos. Pero sería una oportunidad perdida si dentro de unos meses todo volviera a quedar en el olvido.
Porque la prevención no puede depender del impacto del último incendio.
Tiene que convertirse en una forma de gestionar el territorio.
Sayago ha pagado un precio demasiado grande
No basta con apagar fuegos. Hay que evitar que lleguen a ser incontrolables.
Sayago ha pagado un precio demasiado alto como para que dentro de cinco o diez años volvamos a decir aquello de «esto se veía venir».
Ojalá esta vez aprendamos que la mejor noticia sobre un incendio es la que nunca llega a publicarse.

