Relatos con el alma a cuestas, hoy: El baúl de los recuerdos

O de cuando nuestras madres y abuelas guardaban un camisón o una cubertería, como oro en paño

Continuamos así con los relatos que nos ha cedido Nines Carrascal, ¡gracias amiga!

Photo by Pixabay on Pexels.com

Entre las cosas que mi madre atesoraba con celo, se encontraba un camisón nuevo a estrenar, bien dobladito en su caja y con la etiqueta puesta.  De esta manera, mi madre quería asegurarse un ingreso hospitalario digno. Esta idea la heredó de la abuela y me la transmitieron como parte del patrimonio inmaterial de la familia.

El hospital significaba para ellas una especie de exilio indeterminado, del que nunca sabes  cuándo puedes regresar

Abrí la caja sólo un par de veces, por cerciorarme de que seguía allí,  y desprendía un suave tufo dulzón. Todos los recuerdos preciados de la infancia olían a alcanfor.  Las mantas de lana, las sábanas de hilo, las colchas bordadas y  todas las demás prendas nobles, yacían en los baúles  borrachas de alcanfor.  Cuánto más fuerte olía, más valor existencial atesoraban. En la misma línea de pensamiento, mi madre  tomó la decisión de invertir  en  una cubertería de acero inoxidable para toda la vida.

Cuando se  anunció su llegada y  esa enorme caja roja  entró en mi casa, sentí que me había nacido una hermana. Mi  madre quiso mostrármela para  que tomara  conciencia y  quedé estupefacta ante el  delirio. Montones de cubiertos  colocaditos por secciones y tamaños, todos ordenados como si fueran un ejército reluciente, mirando todos al centro  con aparente resignación.  En ese preciso momento, entendí lo que suponía la lucha de clases. La cubertería acaparó todas las conversaciones   y  durante meses no se habló de otra cosa en la familia. Cada vez que venía alguien a casa, mi madre desaparecía durante unos minutos y  le mostraba orgullosa  la cubertería. Pasado el impacto inicial, se depositó en el salón  junto a los recuerdos de boda de mis primas, el souvenir que nos trajo mi tía de Covadonga,  las fotos de mi primera comunión y la  vajilla de boda de mis padres. El salón se cerró  como si fuera un panteón familiar y su uso quedó restringido a las visitas importantes, de las que no guardo ningún recuerdo.

Un día, vi a mi madre  esconder un frasco pequeño entre el camisón a estrenar y la cubertería de acero inoxidable.  Años después supe que contenía las esencias,  para  que la memoria exiliada recordara  siempre  el camino de vuelta a casa

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